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Huele a ¿choquía?

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Cuando escuchamos la frase “huele a…” se nos abren tres caminos: el primero, es expresar que estamos de acuerdo con la aseveración; el segundo, que estamos en desacuerdo, y el tercero, concentrar nuestro esfuerzo para percibir tal olor hasta que damos con él (o no), ya sea por convicción o por sugestión. No hay duda que para las dos primeras opciones es necesario saber a qué huele de lo que se está hablando, pero no necesariamente para la tercera, pues de ella puede surgir el aprendizaje de nuevas percepciones; por ejemplo, el saber que huele a choquía.

Primero: nadie ha visto la choquía y nadie sabe cómo es. Por tanto, puede ser percibida en los lugares menos esperados. Segundo: generalmente, el término se asocia con suciedad, pero de un tipo específico: una en donde están involucrados el agua y elementos orgánicos, casi siempre (pero no exclusivamente) fluidos de tipo animal. Tercero: a pesar de que muchos de los que empleamos el término no podamos definir con precisión su significado, si antes ya lo hemos percibido, sabremos ubicarlo y comunicarlo a otros, un privilegio que el lenguaje y la cultura nos permite. Porque saber que algo huele a choquía siempre es una sensibilidad perceptiva que ha sido adquirida con anterioridad.

¿Qué puede oler a choquía? Casi siempre algo que ha sido mal lavado o limpiado que incluye, como se precisó, fluidos de tipo animal y agua: un utensilio o un trapo de cocina, un trapeador o una jerga. También el piso de la cocina, o peor aún, el de toda la casa si éste fue limpiado con el mismo trapeador mal lavado. Las carnes crudas y el huevo tienen un gran potencial para producir este olor si las superficies u objetos con los que fueron manipulados sólo fueron enjuagados mas no lavados, como se dice, a conciencia; es decir, “con su harto jabón y cloro”. Y qué decir de los perros y gatos en casa: sabrás que la mezcla de orina con agua, si no ha sido bien lavada del piso, muy probablemente olerá después a choquía.

Se dice que el término proviene del náhuatl. Ya Fray Alonso de Molina en 1571 en su Vocabulario de lengua mexicana y castellana apuntó que el término xoquializtli significaba “hedor de piedra azufre o cosa así”. El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, en su versión digitalizada de 2016, dice que la choquía es un “olor desagradable que guardan las cosas como resultado de un mal lavado o secado”, que también se le llama choquiaque, choquilla, choquio o choquillo, y que aquello con olor a choquía es choquillento o choquiento, abarcando incluso a una persona que no se baña o huele mal; vaya familia terminológica. Otras maneras en las que se puede hallar son chuquía o chuquiaque.

Desconozco si fuera de México se emplea este término; quizá sí por la herencia náhuatl en otros países. En donde se emplee, pienso que sería un desacierto sustituirlo por un simple “oler feo”, porque la choquía es un más allá que oler feo. Sí, es un olor feo, pero no cualquiera, sino específico; una percepción cultural que ha trascendido generaciones a la que se le ha dado cierto rostro mediante el lenguaje. Georges Steiner en Aspectos del lenguaje y traducción dice que cada lenguaje humano traza un mapa del mundo de diferente manera, y que cada idioma entraña un potencial limitado de descubrimiento, de reconstrucción de la realidad. Pienso que es en ese sentido que el término choquía debe seguirse empleando.

 

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