La historia del vino es tan fascinante como incierta. Algunos sostienen que su producción es tan antigua como nuestra especie y que es una actividad muy relacionada con el surgimiento de la agricultura y la transición a un estilo de vida más sedentario de los seres humanos; sin embargo, los estudios más aceptados señalan que las primeras domesticaciones de las uvas viníferas sucedieron hace once mil años en el Cáucaso.
Se asume que las vides, así como la producción de vino, se extendieron rápidamente por comunidades humanas de toda Eurasia. El vino se menciona en algunos de los textos más antiguos producidos por el hombre y los estudios de ADN en uvas viníferas señalan manipulación genética, es decir, selección artificial por parte del hombre, hace más de diez mil años.
Desde entonces, todas las grandes culturas, como Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma han utilizado el vino en sus celebraciones lúdicas y religiosas. Fueron los romanos quienes llevaron las vides desde el sur a, prácticamente, toda Europa, incluidos territorios tan al norte que en ellos sería imposible producir vino en la actualidad. Las regiones más beneficiadas de esta afición romana por el vino fueron Hispania (España), Galia (Francia) e Italia.
Heracles y Atenea bebiendo vino. Antigua Grecia 480–470 a. C.
El Imperio Romano cayó, dando paso al inicio de la Edad Media y, con ésta, el surgimiento de reinos e imperios en los que el vino adquirió un importante valor no sólo social y religioso, sino comercial. Los franceses y los portugueses se vieron increíblemente beneficiados por la afición inglesa por sus vinos, la industria vinícola española resurgía tras la expulsión de los árabes de la península y la gente consumía vino tan seguido como pudiera por las terribles condiciones del agua en las ciudades.
Y llegamos a América…
Fue en este contexto en el que las expediciones de Cristóbal Colón (marinero que, por cierto, viajaba con toneles del vino español de la mejor calidad) dan con el continente americano en 1492. Las tierras del Caribe eran demasiado cálidas para la producción de uva vinífera, que requiere climas secos y fríos para desarrollarse, sin embargo, sólo unas décadas después, Hernán Cortés, en calidad de Gobernador de la Nueva España, mandó a plantar los primeros viñedos en el norte del actual México, específicamente en Parras, Coahuila.
El vino en tierras novohispanas tuvo un gran éxito, no sólo por su calidad, sino porque a los españoles resididos en México y a los criollos les resultaba mucho más accesible que el vino español importado.
Los primeros viñedos de América se plantaron al norte de México.
Debido a este éxito, otros dominios españoles en América, como el Virreinato del Perú y el Virreinato del Río de la Plata empezaron a producir vino en regiones de los actuales Chile y Argentina. También, al norte de la Nueva España, la producción creció con expansión hacia los valles de Guadalupe, en la Baja California, y Mendocino, Sonoma y Napa, en la Alta California.
Fue en estos años en los que la Corona Española prohibió la producción de vino en la Nueva España, excepto para fines religiosos y, aunque existen evidencias de que la producción se redujo durante el siglo y medio que duró esta prohibición, el hecho de que los jesuitas pudieran seguir produciéndolo, de que se expidieran licencias para producirlo y la vastedad del territorio dominado, hacían prácticamente imposible su cumplimiento.
Más allá de América
Mientras los españoles peleaban contra los indígenas y los colonos en tierras americanas, los ingleses descubrieron la idoneidad del terreno de Australia para el cultivo de la vid y la producción del vino. En 1788 se envió una flota con semillas para iniciar al cultivo de varios productos en el sur del continente, entre los que destacaban semillas de uva vinífera que terminaron en Hunter Valley, hoy una reconocida región productora del continente.
Hunter Valley se convirtió en una reconocida región productora de vino en Australia.
Pero los ingleses no fueron los únicos interesados en producir vino en alguno de sus territorios conquistados. Los neerlandeses, por su parte, encontraron en Sudáfrica tierras aptas para el cultivo de uvas viníferas y producción vinícola en 1640. La producción de vino se instaló desde entonces en la región conocida como “franja del vino”. La llegada de exiliados, prisioneros y europeos de religiones distintas al catolicismo a estas tierras trajo consigo una expansión de la producción de vino y dio como resultado una de las zonas productoras más interesantes del Nuevo Mundo.
La importancia de la migración
La migración es un fenómeno que tiene muchas aristas, sin embargo, la industria del vino es una de las que más beneficiada se ha visto de ella. La bonanza económica de los Estados Unidos atrajo a migrantes de toda Europa entre los que se colaron extraordinarios vitivinicultores que iniciaron la industria en California.
Las guerras empujaron a refugiados italianos y españoles a asentarse en el norte de México, en donde impulsaron una producción de vino que crece año con año; y la búsqueda de mejores condiciones de vida llevaron a italianos, portugueses, húngaros y españoles explorar los limites sureños del continente americano, en donde encontraron un gran lugar para producir vinos de una calidad extraordinaria.
Los migrantes llevaron consigo la producción de vino a diferentes continentes.
Si el vino se originó en Asia, Europa o África es una duda que quizás nunca podremos resolver, pero lo que sabemos es que las vides viníferas son una planta que no necesitó mucho esfuerzo para evolucionar y adaptarse a climas de todo el mundo y para producir uvas con características distintivas en cada región en la que se plantó, acompañándonos en todas nuestras celebraciones desde hace más de diez mil años.
Por Gonzalo G. Ehnis
